Latin America&Caribbean Energy Transition 2025 ESLA
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Resumen ejecutivo
América Latina y el Caribe (ALC) cuenta con algunas de las
condiciones más favorables del mundo y el potencial para
liderar el sector de las energías limpias. Sin embargo, para
hacer realidad esta promesa, es necesario traducir las ventajas
estructurales en un progreso preparado para el futuro en todo el
sistema a través de reformas y acciones regionales. Los recursos
solares y eólicos de la región están entre los más potentes del
mundo, y las energías renovables ya representan alrededor
del 70 % de la generación de electricidad (con un aporte de la
energía hidroeléctrica del 52,5 %). En cuanto a transporte, los
biocarburantes duplican el promedio mundial; los combustibles
fósiles representan una parte menor del consumo total de
energía que en otros lugares y la región es un proveedor esencial
de minerales críticos, con un 25 % de la producción mundial de
estos minerales. La región también muestra un gran potencial
para desarrollar nuevas industrias ecológicas (incluida la del
hidrógeno), que se sustentan en la implementación cada vez
mayor de energías limpias y la creación de empleo que conlleva.
Sin embargo, los avances regionales aún no son homogéneos
ni siguen el ritmo de evolución del mundo. Según el Índice
de Transición Energética (ETI) de este año, elaborado por el
Foro Económico Mundial para evaluar a 118 países con base
en 43 indicadores de rendimiento del sistema energético y de
preparación para la transición, ALC ocupa el tercer puesto
de las seis regiones del mundo, pero aún está por debajo del
promedio mundial. Un dato esencial es que, en los últimos 10 años, la puntuación global de la región apenas ha mejorado:
solo incrementó un 1,2 %, mientras que muchas otras regiones
registran aumentos significativamente superiores.
Muchos países de ALC tienen una «doble dependencia
energética», pues exportan crudo y carbón y, a la vez, importan
gas y petróleo refinado, y quedan a merced de la volatilidad
tanto de los precios como de la oferta. Los retos estructurales
—desde los puntos de estancamiento en las infraestructuras
hasta las políticas desarticuladas, la innovación limitada y el
financiamiento insuficiente— ponen de relieve las áreas críticas
en las que las reformas y las inversiones centradas pueden
liberar todo el potencial de la región.
Entre los aspectos positivos están la ampliación de la
capacidad de generación de energía renovable a más de
366 GW (gigavatios), la reducción en 42 % de las subvenciones
a los combustibles fósiles desde 2016, y el rápido avance que
países pioneros como Brasil, Uruguay, Chile y Costa Rica han
mostrado en materia de energías renovables. Sin embargo,
el nivel de las inversiones todavía está muy por debajo de lo
necesario: aun con el aumento de las inversiones en energía
limpia, que se prevé que lleguen a los 70 000 millones de
dólares en 2025 (un aumento del 25 % desde 2015), la región
solo atrajo el 5 % de la inversión privada en energía limpia a
nivel mundial en 2024, frente a los 150 000 millones de dólares
anuales que se necesitan para 2030.
La Evaluación de la Preparación para la Transición Energética (ETRA) ofrece un marco que se basa en los datos para hacer
un seguimiento de los avances e identificar las prioridades con base en el ETI. En la evaluación, se destacan cuatro objetivos
estratégicos para la región:
Objetivo 1: Sistemas seguros, resilientes e
integrados.Objetivo 3: Ecosistemas industriales
preparados para el futuro.
Objetivo 2: Matriz energética con bajas
emisiones de carbono y diversificada. Objetivo 4: Mayor eficacia y productividad.
Principales conclusiones
El rendimiento del sistema, que mide la seguridad
energética, la equidad y la sostenibilidad, se mantiene estable,
con buenas puntuaciones en sostenibilidad, aunque es
necesario mantener el impulso en equidad y seguridad. La
ventaja de la región en materia de sostenibilidad se sustenta
en las energías renovables, que representan el 70 % de la
generación de electricidad (frente al 49 % mundial), y los
biocarburantes, con un 10 % de la demanda de transporte (el
doble del promedio mundial). Sin embargo, los riesgos para
la equidad son cada vez mayores: aún hay 78 millones de
personas sin acceso a tecnologías de cocción limpia, mientras
que los resultados en materia de seguridad energética solo han
mejorado un 0,2 % en la última década.
La preparación para la transición, que mide la capacidad
de un país para permitir y mantener el avance de la transición
en curso, ofrece la mayor oportunidad de mejora. A pesar de
las ventajas en cuanto a recursos, la región está un 31 % por
debajo del promedio mundial en financiamiento e inversión.
Las infraestructuras y la innovación también está a la zaga, con
unas pérdidas de transmisión y distribución (TyD) del 13,5 % en
promedio y la investigación y el desarrollo (I+D) de tecnologías
limpias siguen careciendo de financiamiento suficiente, lo cual
limita la comercialización y la ampliación.Las vías de transición son divergentes según los países y
las dimensiones. Las puntuaciones del ETI oscilan entre 44 y
67 y las tasas de crecimiento en 2025 varían entre el −1,8 %
y el 5,9 %. Solo el 26 % de los países lograron un avance
simultáneo en equidad, seguridad y sostenibilidad, lo que pone
de manifiesto la desarticulación y el progreso desigual en la
región.
Están surgiendo nuevas oportunidades. El hidrógeno y los
combustibles limpios, los minerales críticos, la digitalización
y las tecnologías nucleares avanzadas ofrecen vías para la
renovación industrial, pero solo si cuentan con el respaldo de
estrategias claras, inversiones y capacidad institucional.
El camino por recorrer
Para que las ventajas naturales se conviertan en un resultado
transformador, la región debe alcanzar algunos hitos claros:
ampliar la generación de energía renovable, garantizar el
acceso universal a combustibles limpios de cocción, desarrollar
el almacenamiento y la integración en la red, avanzar en los
biocombustibles sostenibles y mejorar la eficiencia. Estas
prioridades requerirán la adopción de medidas en cuatro
pilares: marcos políticos más firmes, una integración regional
más profunda, asociaciones de financiamiento a mayor escala
y una mayor inversión en innovación y competencias.
Preparación para la transición energética: América Latina y el Caribe
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